En relación con aborto y autonomía la trama se complica mucho más, por la definición de lo que es “ser humano” durante la gestación compleja.

Las 750 palabras que me permiten los editores de La Jornada, son insuficientes para cualquier gesta que lidie con el tema del aborto.

Así que para que el producto de estas líneas llegua a buen término -hablo conmigo-, lo prolongaré, como escrito independientes, durante dos o tres semanas. Al escenario bioético habrán de agregarse las razones a favor y en contra del aborto, los número como sinónimo de la realidad, el papel de la mujer como gestante pero no como receptáculo de fetos, las controversias morales y las preguntas de las preguntas.
Temas tan delicados como el aborto, la eutanasia o la clonación, deben leerse bajo el prisma de la bioética y la realidad social y particular del individuo.

Cada persona debe estudiarse como un caso independiente y bajo un enlistado rígido de las ideas. Las normas bioéticas son una guía moral que orienta a médicos, sociedad e individuo. Son cuatro los principios: 1 respeto por la autonomía (norma que avala la capacidad de decidir de las personas autónomas); 2 ausencia de maleficencia (concepto que evita causar daño); 3 beneficencia (grupo de preceptos diseñados para proveer beneficios y balancear beneficios contra riesgos y costos), y 4 justicia (grupo de normas para distribuir beneficios, riesgos y costos objetivamente).

Si bien la beneficencia y la no maleficencia han jugado un papel histórico en la ética médica, en las últimas décadas, la autonomía y la justicia son igualmente importantes debido a los cambios que han experimentado sociedad e individuo. En el caso del aborto, la autonomía es el eje central de la discusión.

Sin afán académico, menciono a vuelapluma que, desde 1789, en la Declaración de los Derechos del Hombre, la autonomía es el principio más fundamental y propio del ser humano, entendido como la “libertad de realizar cualquier conducta que no perjudique a terceros”.

Lo mismo sugirieron J.S. MILL o KANT, quien colocó el principio de autonomía como base de su ética, porque consideró que la base de la autodeterminación de la voluntad es lo que define a los actos morales.

Es evidente que los conceptos anteriores no son aprobados por la mayoría de las religiones y, de ahí que en muchos sentidos, los problemas relacionados con el aborto son irresolubles. Las razones son simples; la pregunta ¿el ser bumano es autónomo? ofrece respuestas antagónicas, sin encuentro.

Para quienes piensan que el individuo sí es autónomo, el aborto es una decisión que “pertenece, en la pareja, a la mujer preferentemente”. En cambio para quienes consideran que la persona no es autónoma, el aborto es un atentado contra la vida y por ende, contra Dios.

La autonomía mezcla la libertad de realizar conductas unidas con el manto de la realidad social y económica del interesado. Este atributo como ya se dijo, excluye cualquier acción que pueda ser en detrimento del otro o de los otros y es una decisión individual.

Como en pocos casos del saber humano, el abroto requiere tolerancia, respeto y conocimiento de la realidad. Sin esas armas todo diálogo deviene en sordera. En relación a aborto y autonomía la trama se complica mucho más, pues la definición de lo que es “ser humano” durante la gestación es compleja; no existe al respecto consenso entre médicos, eticistas y teólogos. Es decir, el problema no es uno, sino dos: madre y producto.

Para la mayoría el meollo central gira en torno al asesinato que supone acabar con el embrión. Otras corrientes agregan, además, que la madre carece incluso del derecho de ejercer sobre su propio cuerpio, y esto nos regresa al problema del derecho de gobernarse a sí misma. Cuando una mujer aborta motu propio, suele hacerlo después de haber sumado conciencia y realidad, y a sabiendas que esta acción, siempre plagada de inmenso dolor, es la óptima para su contexto: enfermedad, otros hijos, abandono, pobreza, etcétera. Suele hacerlo ejerciendo su autonomía y como manifestación última para preservar su entorno y su vida. Acorde con múltiples estadísticas, sobre todo aquellas que siguen el destino de las mujeres pobres y desprotegidas, religiosas o no, el derecho al aborto es el derecho a la vida.

  • Kraus, Arnoldo. Aborto, el escenario bioético, La Jornada, 23 de agosto de 2000, p. 28.

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